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Imagen Violencia de género y seguridad: EL SECUESTRO DE MUJERES  como estrategia terrorista

Violencia de género y seguridad: EL SECUESTRO DE MUJERES como estrategia terrorista

Viernes 19 de Octubre del 2018
Juan Manuel Iglesias

La lucha contra este flagelo debe ser una política pública que involucre al Estado, en tanto seguridad pública como al sector de la seguridad privada

En los últimos años la mujer se ha convertido en el símbolo de los mensajes del terrorismo y del narcotráfico. Vale recordar los secuestros de más de 276 niñas perpetrados por el grupo yihadista nigeriano Boko Haram en la localidad de Chivok, Borno, en el nordeste de Nigeria en 2014. Este grupo que se opone a la alfabetización de la mujer, mantuvo cautivas a las menores obligándolas a convertirse al Islam y a vestir el tradicional chador negro, un tipo de velo islámico que deja el rostro descubierto. La violencia contra la mujer es parte constitutiva del accionar del grupo terrorista ya que muchas de la niñas fueron vendidas como esclavas y otras casadas por la fuerza, sin contar las reiteradas violaciones y las muertes ocasionadas por los intentos de escape.

 

FEMICIDIOS EN LATINOAMÉRICA

Este tipo de violencia femicida la encontramos también en América Latina ya que es parte del modus operandi del narcoterrorismo. Siguiendo a Snaidas (2009), vemos que es frecuente la utilización de mujeres como “mulas” para el transporte de estupefacientes hacia los Estados Unidos de América o las redes de prostitución que se “libran” de las integrantes “rebeldes” e implica muchas veces la perpetración de crímenes donde se descarga una violencia descomunal sobre el cuerpo de la mujer (que simboliza una forma de marcar el territorio entre las mafias). 

Este tipo de violencia se observa también como efecto del proceso de descomposición social de la posguerra civil en países como Guatemala, donde los ex miembros de los grupos contrainsurgentes, ahora empleados como sicarios y guardaespaldas de los jefes del narcotráfico, recurren a métodos femicidas como la violencia sexual contra la población indígena. A su vez, las bandas de delincuentes centroamericanas conocidas como “maras” la utilizan como método para marcar el territorio frente a otras maras. Por ejemplo: esto se observa en el ritual de iniciación del marero, que consiste en violar y asesinar a una mujer.

Todos estos crímenes pueden ser considerados como “feminicidio”, siguiendo a Diane Russel (2008), entendiendo como tal “el asesinato de mujeres realizado por hombres motivado por odio, desprecio, placer o un sentido de propiedad de las mujeres, exponiendo así claramente el matiz sexista de estos crímenes”. Esta definición, siguiendo a Graciela Atencio (2011), nos permite pensar al feminicidio como un crimen de lesa humanidad cuando este asesinato cobra víctimas colectivas. Cuando lo último sucede, las víctimas del feminicidio se convierten en víctimas simbólicas, soporte de un mensaje que sirve para sembrar el terror y obtener un objetivo político (terrorismo). 

Hasta aquí podemos decir que el feminicidio es el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres que sirve como “texto” o soporte de un mensaje que intenta perpetuar formas de dominación. A su vez, es utilizado como forma de coacción y terror con fines políticos en los conflictos armados, por el terrorismo y bandas criminales.

 

PRIVACIÓN DE LA LIBERTAD

Ahora bien, el feminicidio no es solamente el asesinato, sino que implica un largo proceso de maltrato y violencia psicológica, económica, cultural y física que puede terminar en la muerte o no de las víctimas. Las niñas secuestradas por Boko Haram son víctimas colectivas de feminicidio cuando son consideradas propiedad del grupo terrorista, lo mismo sucede con las víctimas de la trata o de la violencia sexual de los sicarios del narcotráfico.

Tanto en el caso del terrorismo nigeriano como en el caso del narcotráfico en América Latina las mujeres fueron objeto de violencia porque se considera a lo femenino como símbolo de intercambio y de propiedad que delimita un territorio entre bandas. 

La posesión de la mujer simboliza la posesión del espacio y control de los recursos económicos, simbólicos e ideológicos. Para el grupo yihadista la mujer simboliza el espacio vital que no debe ser occidentalizado por la educación. 

Para el narcotráfico, la destrucción del cuerpo de las mujeres del bando enemigo en la escena bélica informal de las guerras contemporáneas, y en la trata, en guerras entre bandas, simboliza un “mojón”que marca su territorio. Como dice Snaidas (2009:12): “Quien posee a las mujeres y puede decidir preñarlas o asesinarlas, puede decidir sobre la suerte de un pueblo, en tanto éste depende del cuerpo de la mujer para reproducirse y criar jóvenes”. 

Para Boko Haram, esa mujer simboliza la “Umma” que debe ser des-occidentalizada y sometida. Para el narcoterrorismo y el terrorismo internacional es una forma de presión político-social para hacer visible que son ellos y no el Estado quienes mandan. 

La lucha contra este flagelo debe ser una política pública que involucre al Estado, en tanto seguridad pública como al sector de la seguridad privada, porque el Estado es una parte estructural del problema cuando actúa con complicidad manteniendo las redes de corrupción. Es ahí cuando el feminicidio adquiere otra particularidad que es la desigualdad ciudadana, el quiebre de los principios de justicia, la vulneración de Derechos Humanos, falta de libertad e incremento de la victimización. 

Cuando esto sucede, el feminicidio se convierte en un crimen de Estado que genera una doble victimización dada, por un lado, por el hecho delictivo en sí (victimización primaria) y cuando la víctima entabla relaciones con el sistema penal (victimización secundaria). Consecuentemente esta última se considera un agravante de la situación ya que es el propio sistema el que victimiza, y en este sentido, la impunidad también es violencia de género que integra los condicionantes del feminicidio sirviendo a los intereses del terrorismo internacional.  

 

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